7.11 Nueva embajada de Roberto Sherley

(24.07.1618? – 26.07.1618)


Y como se ha dicho, aunque del todo era indisculpable el yerro, ó por mejor decir muchos yerros los que en este caso cometió, le paresció que don Roberto y fray Redempto de la Cruz, que ansí se llamaua el frayle carmelita, como se ha dicho, podrían en la corte de Su Magestad Catholica abonarle y cargar la culpa a otro, con lo qual y con la pretensión de sus conventos solicitaron los dichos frayles de manera lá venida de don Roberto y su colega, que con mucha prisa se partieron para Xiras y de allí á Ormuz.
Llegó la nueva de esto á Goa, adonde había días que estaba detenido el Enbajador que Su Magestad enviaba á Persia y aunque el escribió con presteza á Ormuz advirtiendo al capitán que por muchas razones no convenía que el don Roberto pasase á la India, ni de allí á España, y tambien escribió al mismo rey de Persia que no le enviase al rey su señor enbajada con hombre que tanto le había deservido, pero ni el capitán, por lo que le paresció que interesaba, y también por lo que se dirá adelante, quiso remediar esto, ni las cartas que al rey de Persia se le escribieron, por la mucha negociación de don Luis y de los frayles, le fueron dadas. Antes fue recibido con tanto aplauso en Ormuz, que tres vezes hizo descargar el capitán toda la artillería de la fortaleza, recibiendo alli todo el regalo y buena acogida que si viniera á redimir todas las pérdidas pasadas.

Llegó después á Goa á tiempo que pudiera enbarcarse para España, por no haber aun partido las ñaves, y alli se detuvo hasta el año venidero, en cuyo tienpo, yendo y viniendo correos por tierra á Zurrate, consintiéndoselo publicamente el Virrey, trató con los mercaderes ingleses que en aquel puerto rresidían, que enbiasen al cabo de Jasques un navío de los suyos con mercadurías y algunos hombres inteligentes para que asentasen con el rey de Persia lo que el había tratado con él antes de su partida.
El Embajador de Su Magestad, que no le quiso ver en Goa sabiendo sus machinas y dañosas chimeras, advirtió al Virrey cuan perjudicial cosa era la estada de aquel hobbre en aquella ciudad, por muchas y muy evidentes razones que para ello le dio, entre las cuales fueron la comunicación con los ingleses en Zurrate y el andar sondando la barra y río de Pangin. Y que convenía que le tuviese detenido en alguna casa, fuera de las que había en la isla, y que en el ínterin escribiese al rey de Persia diciéndole en cuantas cosas aquel hombre había procurado deservir á Su Magestad tan desvergonzadamente, y que siendo ansi y que por el nombre de Enbajador suyo le había dejado de castigar en España por lo que ya se ha dicho atrás, que no era buena correspondencia enviarle un hombre tan indecente, y á quien, por su manera de vida, no se le había de dar crédito alguno. Pero que si quisiese enviar algún vasallo suyo, que lo enviase luego y revocase la legacia al inglés, que quien quiera que viniese y fuese á España sería muy bien recibido.
El Virrey, aunque al principio, luego como don Roberto llegó á Goa, prometió al Embajador que lo había de hacer ansí, dentro de pocos días mudó de parecer favoreciéndole muy descubiertamente, de manera que era ya grande el escándalo que con ello en toda la ciudad daba. La causa no era muy oculta, porque demás de su y profunda cudiсia, aunque era muy poco lo que don Roberto le podía dar, hacía la causa de don Luis de Gama, queriendo él también, que se hallaba cargado de iguales ó mayores culpas, tener quien publicando en España lo contrario del todo y opuesto á lo que en el se hallaba, las pudiese hacer menores.
Y aunque se juzgaba por muy flaco el abono de un bandido de aquella corte y tan conocido por engañador, le parecía que el frayle Carmelita descalzo ya nombrado, conpañero suyo, sería medio competente para esto, mayormente con la opinión que de buen religioso traía de Ormuz y Persia. De manera por sustentar este frayle con una estraña ambición el nombre de embajador que también se arrogaba a sí, encarecía, no solo imprudente, sino ignorantísimamente, el mucho servicio de Dios que se seguía de pasar don Roberto á España, diciendo á todos que era un sancto, y que no podía aclarar, por ser cosas muy secretas, los grandes bienes que habían de resultar de su venida. El Embajadorde Su Magestad, aunque quiso disuadir al frayle, las veces que venía á su posada, esta su intempestiva y vana legacia, él estaba tan metido en ella que no había quien lo mudase de su opinión, afirmando que por la sanctidad y buen ánimo de don Roberto se habían de ver y conseguir efectos maravillosos. Y como el Embajador le dijese, enfadado ya de la insolente simpleza suya, que ¿por que, ya que esto iba por sanctidad, no se buscaba otro sujecto siquiera menos sospechoso que el de un hombre vagabundo y que no solo había pasado su vida entre infieles, pero que demás de haber dexado en Inglaterra criándose con ellos un hijo suyo, su hábito y nonbre era de persiano, habiéndolo confirmado el rey de Persia y llamádole Bezabda, con cuyo nombre el se firmaba y nonbraba cuando escrebía al rey de Persia y á sus ministros? Con esto el frayle Redempto por entonces no acudió mas á casa del Embajador, pero lo que resultó de la conversacion fue salir don Roberto dentro de pocos días en habito de español, siéndole muy fácil á este honbre mudarse como Protheo en diferentes y varias formas.
Temía el Embajador, demás de saber la voluntad de Su Magestad, que si en el viaje á España le sucediese á don Roberto, accidentalmente, como suele acaecer en semejantes navegaciones, algún caso adverso, ó allá no fuese bien recibido, quedar él en Persia en rehenes y por seguridad suya, siendo esto lo que más confianza daba á don Roberto para haber intentado aquella jornada. Pero ningunas diligencias de cuantas el Embajador hizo para estorbarla, personalmente en la India, y por sus cartas en Persia y en Ormuz, no aprovecharon, saliendo después muy cierto, como se dirá adelante, lo que en este caso con rrazon se debía temer.

Halló el Embajador, primero en Span, los dichos ingleses que ya habían estado con el rey en Farabat, muy favorecidos y válidos, y ahora, que algunos días antes habían venido á Casbin aunque en la misma gracia, pero con algún menos crédito que antes, no habiendo venido al puerto de Jasques la monción del año pasado, como antes lo habían prometido, las naves para comprar la seda que el rey ya tenía junta. Mas con todo esto eran admitidos y bien vistos mucho más sin conparación de lo que pedía la condición de estos hombres, no siendo más que ministros y enviados de los mercaderes que en Zurrate residían. Y habiendo hecho antes don Roberto tantas promesas á este rey, y no pudiendo ser de tanta importancia para él el contrato de la seda, podíase buenamente inferir, según su ambición, que tuviese otros designos mayores de lo que exteriormente parecía, mayormente estimando á los ingleses por tan grandes hombres de mar, después de la fama que en Zurrate ganaron, no tanto de la nación portuguesa, como de la nunca oída cobardía de don Gerónimo de Azevedo, su capitán.

Porque bien se sabía y era cuenta que no podía engañar á nadie, que la seda que del Sirvan, Guilan y Masandari, provincias del reyno de Persia, se lleva á Alepo, tiene menos costa que conducirse á Jasques, por ser mucho menos el camino y más llano y usado. Y ansimismo, que los mercaderes ingleses que residen en aquella ciudad la llevan de allí y enbarcan en Alexandreta, tres pequeñas jornadas de Alepo, y en cuarenta días de este puerto á Inglaterra y otras partes de Europa. Viaje que en el tiempo, ni en el peligro, no es en ninguna manera comparable con el que se hace por el Océano, siendo por el Mediterráneo tanto más corto, seguro y provechoso.
Pues en quanto á las mercadurías que los ingleses pueden por el Océano traer á Jasques, que las más inportantes son paños, de que los persianos gastan muy poco, sin el daño que de tan larga navegación se les puede seguir, salen mucho más barato comprados en Spahan los que por Bagadad traen las caravanas de Alepo, de los que allí traen por el Mediterráneo los mismos ingleses, venecianos y franceses, más bien acondicionados y en tanto menos tiempo. Las demás mércancías, fuera de (кроме, за исключением) algún estaño, no tienen en Persia valor alguno, siendo allí más barato lo que da la misma tierra y no gastarse nada de las otras curiosidades de Europa. De manera que en todo el tiempo que el Embajador estuvo en Xiras, Spahan y Casbin, ninguna cosa halló que comprar de las que comunmente en qualquier lugar de Europa se hallan.

Y ansí, la contratación y comercio en Jasques, ni á los persianos, ni á los ingleses podía ser de tanto provecho que correspondiese á las muchas demostraciones que el rey de Persia hacía con la amistad de estos mercaderes, si no fuese, como claramente se echaba de ver, para debajo de ella tratar cosas más inportantes, como se ha dicho, siendo estas hacerse señor del reyno de Ormuz, en que mucho tiempo había tenía puestos los ojos, lo que los ingleses podrían interesar ayudando este designo del rey.
También podría ser de muy grande provecho, robando como piratas; pero por justos respectos se deja ahora de discurrir sobre él; solo se puede afirmar que el que le resulta de la contratación del puerto de Zurrate es muy conocido, comprando allí á poco precio la ropa de algodón con que rescatan en las islas del Sur, siendo esta la moneda que allí corre toda la especiería que ellas producen y las demás curiosidades de la China y Japón de que tan gruesa ganancia les resulta en Europa.
En este estado estaban las cosas de estos ingleses cuando el Enbaxador llegó á Casbin, habiendo hecho antes de su venida á Spahan, por medio de algunos criados del rey á quien tenían prendados con lo mucho que les habían dado y ofrecido, grandes diligencias para que fuese detenido en Ormuz, ó á lo menos para no ser bien recibido. Y aunque ellos en público negaban esto, después fue cierto haber publicado que el Embajador venía á Ormuz á tratar de que se cobrase por guerra la isla de Baharen y lo demás que el rey de Persia había ganado en el reyno de Ormuz, en las cuales diligencias y fama publicada ayudaron otras personas que por ser cosa de mucho escándalo se deja aqui de decir quien son.

(García de Silva y Figueroa "Comentarios", Tomo II, Libro V, Capítulo VI, pp. 143 – 149)

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